Pepe Kalauz

Testimonios

Testimonio de Pepe Kalauz (Una Larga Huelga)

A veces nos ocurren cosas en la vida, en donde todos los acontecimientos convergen en una azarosa e inexplicable coincidencia. Eso me sucedió en una fecha que yo nunca olvidaré: el 20 de marzo de 1975, durante la madrugada, cientos de obreros, dirigentes y pueblo de Villa Constitución eran encarcelados por el gobierno de Isabel Perón.

Ese día también nació mi hija. Esperaba ansioso su nacimiento. Con Ana veníamos de La Plata, nos casamos y habíamos decidido radicarnos definitivamente en la zona industrial de San Nicolás. En diciembre había dado mi última materia para recibirme en la carrera de Economía.

Quería cambiar el mundo desde el estudio, pero en la Universidad había aprendido que las injusticias se combaten en la lucha política. Por esa razón me había acercado al Partido Socialista de los Trabajadores y desde que llegamos a la zona me había integrado al movimiento obrero en su trabajo y en su vida cotidiana. Al principio como obrero de la construcción y delegado en el barrio de viviendas de Acindar, sobre la antigua Ruta Nacional No 9. Luego como obrero metalúrgico en Metcon, desde donde tuve el privilegio de ser parte de una de las grandes luchas del movimiento obrero Argentino.

Asamblea Popular en Villa Constitución Asamblea Popular en Villa Constitución

Parecía que Laura no quería nacer porque el parto se atrasaba. Percibía que la Clinica San Nicolás estaba en ebullición. Entraban y salían los matones de la burocracia sindical de la UOM y de la UOCRA, como si fueran los dueños del lugar. En un momento la policía interrumpió en la sala de partos y detuvieron a una parturienta por “guerrillera”.

ese suceder vertiginoso, una luz rosa se encendió en la puerta y me di cuenta de que mi hija aceptaba venir a este mundo. Mi alegría indescriptible se mezclaba con la angustia por el peligro latente que acechaba.

Al dia siguiente me presenté en la fábrica que los compañeros ya habían tomado, siguiendo nuestra tradición de lucha en el gremio metalúrgico de Villa Constitución.

Un año antes, la Comisión Interna de Acindar liderada por Piccinini había ocupado la fábrica reclamando elecciones libres. La exigencia era nada menos que a la poderosa UOM nacional que dirigía Lorenzo Miguel. Pero la demanda rápidamente se politizó, al intervenir en contra de ese pedido el Ministerio de Trabajo. El desalojo parecía inminente, pero la toma de rehenes hizo percibir al Gobierno, a la UOM nacional y a la patronal que los cosas iban en serio. Se rodeó la fábrica con tanques de nafta y ese día aprendí que, para triunfar, siempre que hay que estar decidido y demostrarlo.

Al volver a la fábrica recordé la enseñanza de la toma y los compañeros me eligieron junto a Pacho Juárez como miembro de Metcon al Comité de Lucha. Volví a mi casa de Córdoba 12 solo para decirle a mi familia que no podían quedarse en San Nicolás y que debían irse a Buenos Aires. Aquella fue la decisión más difícil de mi vida. Desgarrado entre la decisión familiar y la responsabilidad que inesperadamente me demandaba la lucha política. Solo el tiempo demostró que había sido acertada.

Nunca más volví a nuestra casa del Camino a La Emilia. A partir de ese momento y hasta mi detención el último día de huelga, mi casa fueron los barrios, las orillas del Río Paraná y la fábrica, hasta nuestro desalojo. Fui un errante permanente, pero no estaba solo: donde iba y tocaba una puerta, los compañeros me dejaron entrar a pasar la noche apenas me veían. En esta práctica entendí el secreto de nuestra fuerza. La solidaridad sin tapujos, la decisión de liberar a nuestros compañeros detenidos sin especulaciones y arriesgando todo pues solo nos quedaba perder nuestras cadenas.

Las frecuentes asambleas de fábrica dieron nuevos bríos al movimiento y el Comité de Lucha se consolidaba como la dirección alternativa. No obstante, inmediatamente surgieron las polémicas... La muerte del comisario Ojeda de la ciudad de Villa Constitución, acusado por el ERP de llevar adelante la represión local, me llevó a hablar en una asamblea, señalando que la clase obrera no debía embarcarse en esas acciones, pues nuestro camino histórico eran las luchas de las masas y sus organizaciones.

Ese fue un debate permanente durante el resto de la huelga, pero la polémica no quebró nuestra unidad revolucionaria para llevar adelante el conflicto en nombre de todos los obreros metalúrgicos de Villa.

Fui honrado por los compañeros para redactar el Boletín de Huelga que diariamente repartíamos. Fui honrado también para llevar adelante gestiones ante diferentes organismos, entre ellos la UOM local, partidos políticos y el Ministerio del Interior. En los momentos más difíciles, cuando ya empezaba a diezmarse el Comité, tuve que despedir los restos de Rodolfo Mancini, que había sido quemado en su auto por la Triple A del gobierno de López Rega e Isabel. Ese asesinato, todavía impune, simbolizó la decisión del Gobierno de liquidar el último foco de resistencia obrera y allanar el camino al golpe de Estado de marzo de 1976. La lista de mártires asesinados impunemente llegaría a más de 60 compañeros al caer la dictadura.

Hoy la historia vuelve de la mano de Victorio Paulón y su tremendo relato de esa huelga histórica que compartimos intensamente. Su libro deja el testimonio imborrable de un momento clave del rol de la clase obrera metalúrgica en la defensa de la democracia y la soberanía argentina. La entrega del país y la violenta represión de la dictadura militar dejarían un país quebrado, desocupado, endeudado, sin industrias y derrotado en Malvinas. La democracia y la libertad sindical hoy son conquistas indiscutibles, pero quedan muchas tareas que siguen pendientes.

Paradójicamente, la crisis capitalista mundial ha reactualizado aquel Programa de Transición y la necesidad de un Partido Laborista. La estafa financiera a los pueblos y a los propios habitantes de los países desarrollados ha puesto la lucha política en primer plano. Victorio nos recuerda que en momentos en que todo parece perdido, la historia vuelve a poner las cosas en su lugar.

Buenos Aires, 14 de febrero de 2012 * * * El 20 de marzo llegó rápido, nada se había logrado consolidar, solo contábamos con una voluntad colectiva muy alta de defender esa experiencia que había transformado a Villa Constitución en una especie de Meca para la militancia de la época. Fueron centenares los compañeros que colaboraban con aquella experiencia. Muchos los que lograron insertarse en las fábricas gracias la vieja concepción de la proletarización. Eran militantes de otras actividades y sectores, incluidos estudiantes y profesionales que optaban por ser obreros, trabajar en los turnos, en un puesto de trabajo, vivir en un barrio obrero como forma de insertarse en lo más profundo de esa historia para ser parte de esa vivencia y contribuir en su propia organización desde el lugar más respetado de la militancia revolucionaria: la fábrica, y si es de una gran empresa mejor. En aquella época las fábricas metalúrgicas eran las más codiciadas, y si era en Villa, mejor. Esto era sólo el preludio de la represión generalizada que habría de padecer el pueblo argentino un año más adelante. En esta huelga villense se perfilaron todos los elementos que reinarían el país hasta fines de 1983. Muchas cosas habían sucedido en aquellos pocos años. Experiencias de vanguardia como la Autogestión Obrera en la ocupación de la petroquímica PASA de Puerto San Martín, donde la protesta obrera consistió en hacer funcionar la fábrica prescindiendo del personal jerárquico con una alta eficacia que ponía de manifiesto que el saber colectivo de los trabajadores es una decisiva fuente de poder. Apenas un mes de toma de la fábrica con control obrero de la producción subordinando a los supervisores e ingenieros a la decisión de un Comité de Lucha, que a su vez escuchaba las sugerencias de ese mismo personal, logró inscribir esta experiencia inédita entre los hechos históricos más importantes protagonizados por el movimiento obrero en el mundo. Es notorio como en este conflicto desarrollado entre julio y agosto del 74 se fue entramando una verdadera red de solidaridad de todo el sindicalismo de ese cordón industrial pese al hostigamiento público de las 62 Organizaciones peronistas que para la ocasión se expresaban en los mismos términos que los partes de guerra de la ultraderecha de la época. * * * El 20 de marzo de 1975 marca un quiebre en la historia del movimiento obrero argentino. Un gobierno peronista conducido por Isabel Martínez, la viuda de Perón, con el apoyo del llamado movimiento obrero organizado, denuncia un complot subversivo destinado a paralizar la industria pesada del cordón industrial del Paraná y a copar las direcciones sindicales de las principales industrias pesadas y lanza una masiva represión que deja en un primer momento un saldo de más de 150 detenidos. Nunca antes ni después de este hecho la dirigencia nacional avaló una represión de estas características para expulsar la dirección de un sindicato local que había ganado las elecciones con el apoyo mayoritario de los trabajadores. El carácter antiguerrillerista que pretendieron adjudicarle al procedimiento da acabada cuenta de que el plan pergeñado y profundizado un año después en el golpe de Estado apuntaba centralmente a destruir la conducción antiburocrática del movimiento obrero, que se expresaba fundamentalmente en las grandes empresas industriales. Es interesante ver como la prensa escrita de esos días refleja con claridad el objetivo político de la represión en ciernes. Dos artículos del diario La Capital de Rosario, y del porteño La Razón describieron minuciosamente el relato oficial, relato que en los primeros días posteriores a los allanamientos tuvo un silencio de radio sin brindar información alguna. Todos son trascendidos más parecidos a un relato de sumariante de comisaría que a un análisis independiente de la prensa. Queda de todos modos establecida la delimitación de “zonas estratégicas”, en general los predios industriales, objetivos prioritarios de la represión, tal como se desprende de los actuales juicios por crímenes de lesa humanidad. El Negro Segovia contaba a quien quisiera escucharlo un duro cruce con Naldo Brunelli, el hombre a cargo de la seccional de la UOM en el Policlínico de San Nicolás,adonde había asistido a una consulta médica. El Flaco Brunelli lo cruzó en la zona de consultorios y le dijo que lo acompañara que quería hablar con él. Segovia, que tenía puesta una campera, lo siguió hasta la oficina y ahí Brunelli, parado detrás del escritorio, le dijo: “Ustedes en Villa hagan lo que quieran, pero aquí no aparezcan porque los vamos a cagar a tiros”. Acompañó la amenaza con un gesto de abrir el cajón del escritorio. “Por mi podés tirar ahora, que a mí me da lo mismo morir de un grano o morir de un tiro”. Hizo un gesto de abrir el cierre de su campera. Los dos quedaron inmóviles en el gesto amenazante y el Negro se retiró caminando de la oficina. Claro está que no tenía arma alguna encima, sólo que no era un hombre de dejarse intimidar.

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